lunes, 12 de mayo de 2014

Ian y La gran São Paulo.

Era domingo y estaba sentada perdiendo el tiempo en mi computador con ganas de querer conocer más de este país maravilloso, Brasil. Desde hace tiempo tenía en mente conocer la capital del estado en dónde vivo, São Paulo. En la semana que justo comenzaba, tenía dos días seguidos feriados pegados a un fin de semana, es decir cinco días libres. Qué iba a hacer en esos cinco días? No quería quedarme en mi casa, no quería ir a las fiestas a la que todos iban, tampoco quería quedarme en Ribeirão Preto ni sola en mi casa; entonces fue cuándo decidí improvisadamente que iría a conocer esta gran capital y viajaría el miércoles en la noche. 
Ese día viajé a una ciudad desconocida esperando ser recibida por alguien que era un desconocido para mi, en el carro de otro desconocido que publicó un chance en un grupo de facebook, un brasileño de descendencia argentina, con quien tuve una buena charla a veces en portugués y a veces en español, él con una mezcla de portugués y de "portuñol argentino".
Después de cuatro horas y medias de viaje, llegué a encontrarme con este amigo de una amiga de mi mejor amiga; la amiga de mi mejor amiga que ya me había recibido en Florianópolis, otra ciudad de ensueños que adoré. 
Y ahí estaba yo, en una de las estaciones de metro más grande de la gigante São Paulo, esperando y rogando que este amigo de la amiga de mi mejor amiga apareciera esperándome a mi; yo no tenía forma de comunicarme con él porque no está muy de acuerdo con el uso de celulares y decidió que no necesitaba uno para vivir. Entonces entré, recordé los pasos que me había dado y seguí sus direcciones; bajé las primeras escaleras eléctricas que vi, y lo vi de lejos sosteniendo un cartel con mi nombre en el, con una sonrisa de oreja a oreja, y extendí y alcé mi mano, lo saludé y él me respondió con el mismo gesto, como si me conociera y estuviera feliz de volver a verme después de tanto tiempo, y me sentí bien recibida y alegre, porque nadie me había esperado de tal forma nunca antes. 
Cuando llegué al final de la escalera, caminó hacia mi y no contento con un saludo de beso en la mejilla, me recibió con un abrazo caluroso. Caminamos a tomar el metro y no dejaba de hablar; hablaba tan rápido y con ese acento carioca que yo estaba tan impresionada de poder entenderle cada palabra que decía. Después de una buena charla de metro, llegamos a su apartamento y me dijo - siéntete en casa -  me dejó acomodarme en su habitación y a los diez minutos recibimos a su hermano quién también llegaba de viaje. 
Con un - te voy a cocinar la única cosa que sé cocinar, "brigadeiro"- , nos dirigimos a su cocina y mientras revolvía en el fuego aquella leche condensada con chocolate en una olla por unos veinte minutos, hablábamos de la vida, la de él y la mía, y contábamos historias muertos de la risa como sí nos conociéramos desde hace años. Decidió que veríamos una película que su hermano le había recomendado, "hizo" crispetas y vimos la película más extraña que jamás había visto; (el brigadeiro le quedó perfecto). 




Al día siguiente me llevaron él y su hermano a conocer el centro histórico, comercial y de negocios de esta inmensa capital de São Paulo. No pude haber tenido un mejor guía turístico quién en los 3 días que compartimos y caminamos por toda la ciudad, me dio mucho de su historia, me enseñó y me mostró partes que ningún tour turístico habría podido mostrar. Un "nordestino" con acento carioca que vivió en Río de Janeiro hecho "paulistano" por el amor a esta ciudad en la cuál había vivido por más de diez años, una de las personas más interesantes y diferentes que he conocido y de quien aprendí tanto.

Ese mismo día en la tarde fuimos a otra zona de São Paulo a un "buteco", un bar típico de Brasil donde la gente se sienta a conversar, comer "salgados" y beber cerveza como sólo los brasileños saben hacerlo, dejándome conocer a sus amigos más cercanos quienes son como su familia; y llegaron muchos, tenían tiempo sin verse y sin reunirse todos y fue agradable ver como viejos amigos volvían a encontrarse. Entonces conocí a Mariana que es una de las chicas más tiernas que he conocido, una bailarina apasionada por su profesión, estudiante y joven, quién me regaló un "lenzo", un pañuelo hermoso de flores que llevaba tres texturas diferentes, simplemente diciéndome "tómalo, llévatelo como recuerdo de Sao Paulo" porque le dije que me parecía lindo como un cumplido y le pregunté qué dónde lo había comprado, y que al responderme cuánto había pagado por el, no pude evitar sorprenderme exageradamente porque yo ya había pagado el triple por uno negro y simple.
Más tarde esa misma noche, ella y su hermano me dejaron entrar a su casa y ella me cedió su cama para que durmiera allí, porque los hombres querían seguir bebiendo y yo estaba muy cansada del viaje y de haber estado todo el día caminando. Dormí y al día siguiente volvimos a caminar y seguir conociendo más sitios tanto como Ian con dos amigos de él, como por ejemplo el "mercadão" que es el mercado municipal, dónde venden un sandwich de mortadela tan grande que mis ojos no lo podían creer. Con ellos dos más tarde iría a un parque de diversiones, dónde luego tuve el coraje de montarme y repetir varias de las peores y mejores atracciones, y hasta dónde incluso tuve el valor de hacer Zipline sobre un lago maravilloso y por si fuera poco, ver mientras descendía de el, un atardecer hermoso.

La noche anterior de ir al parque de diversiones, me llevó primero al parque más lindo que tiene toda la ciudad, el parque Ibirapuera y luego a la grande Avenida Paulista, allí probé uno de las mejores malteadas de Bob's, una empresa de comidas rápidas brasileñas, una malteada de "Ovomaltine", un polvo de chocolate que es una mezcla perfecta entre lo suave y lo crocante.
Luego caminamos hacia la calle Augusta, una calle que se entrecruza con la Avenida Paulista llena de tiendas, de bares y discotecas, muy famosa en dónde existe  la diversidad más grande que he visto en todo Brasil, personas de diferentes estilos, razas, preferencias sexuales, grupos urbanos, etc.
Luego de caminar por lo menos una hora, cansada y con mi tobillo doliendo, siempre chueco medio queriendo ayudar, entramos a un bar "gay friendly" en dónde vi una de las escenas más tiernas que he visto en mi veinte años - la cuál me permitió confirmar una vez más mi pensamiento sobre las personas homofóbicas que es algo a lo que no le encuentro sentido - dos hombres agarrados de manos, abrazándose uno al otro con los ojos cerrados, dándose los besos más tiernos y sosteniéndose uno al otro delicadamente; eso fue algo que además, me hizo entender que si de amor se trata, éste no conoce de razas, edades, sexualidades, estratos económicos ni prejuicios. Entre otras cosas, esa noche probé dos tragos brasileños diferentes, uno que parecía una especie de vino tinto y otro que parecía una combinación de champaña y de vino rosa, ambos una delicia y lo mejor de todo, gratis, porque yo no quería entrar y los chicos me convencieron pagando por mi.
Con Ian esa noche aprendí a bailar sin pena, a despeinarme y a liberarme de mis miedos y del miedo a lo que digan las demás personas; los dos bailamos rock en la pista como locos, él más que yo, yo sólo pude hacerlo por tres minutos.

Fuimos a casa y estaba dispuesta a arreglar el sofá para volver a dormir allí, pero él sabía que al día siguiente me esperaba un día largo y decidió tomar mi lugar, durmió en el sofá por mi y yo en cama a pesar de que me opuse muchas veces y le dije mil veces que no, no me dejó.
Ese día en la mañana antes de ir al parque de diversiones me despedí de Ian con un abrazo tan fuerte que duró - me atrevo a decir - más de un minuto, yo agradeciéndole tanto, por dejarme entrar a su casa, por mostrarme Sao Paulo entera y enseñarme sobre su historia, costumbres y rincones, por dejarme dormir en su sofá y en su cama, por ser tan amable y acogedor conmigo, por recibirme como nunca había sido recibida antes y más aún por nunca haberme pedido nada a cambio, y todavía aún más en ese abrazo le seguía agradeciendo porque pensó que mi presencia lo podría enriquecer a él.

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