lunes, 11 de agosto de 2014

Y entonces me encantaría volver allí...



La vista de la catedral desde la ventana de mi habitación.
Me encantaría levantarme, abrir mi ventana, ver los colores del amanecer pintados en el cielo, respirar el mismo aire y volver a ver la catedral tan cerca de mi. Decirle buenos días a las niñas que vivían conmigo, hacernos el desayuno juntas, tomarme un café brasileño, saludar a mi vecina que siempre me decía: "Muy buenos días mi linda", saludar y sonreírle a mi portero "Buenos días Paulo", y que me conteste "Buenos días, bendiciones para este día", ir escuchando música hacia mi parada de bus y ahí esperar hasta subirme. Ver a los mismos tres conductores de siempre, y a ese moreno que siempre me recibía con una gigante sonrisa. Bajarme y caminar entre hojas caídas color otoño en ese pequeño y corto camino en el que al comienzo sólo cabe una sola persona y sentarme a observar mi alrededor en la banca en la que siempre quise sentarme y que nunca lo hice por miedo a parecer lunática. 


Facultad de Administración y economía,
Universidade de São Paulo.

Llegar a la cafetería de mi facultad "el convivio" y ahí esperar por veinte minutos mientras llega mi hora de ir a clase, conversando o tomándome otro café, escuchando música o mirando lejos, porque mirar lejos en mi universidad nunca fue un problema debido a tanta naturaleza. 


Me encantaría volver a ese centro comercial del centro y comerme un último açaí o sentir el olor de las crispetas y de ropa nueva al entrar. Ser atendida por la misma persona en esa heladería de la esquina con el mejor y más famoso helado de la ciudad. 

Ir a mi clase, escuchar los profesores hablar, que explicaran expresiones muy brasileñas porque sabían que en su aula habíamos extranjeros. Terminar las clases e ir a almorzar al "bandeijão", hacer esa fila inmensa y buscar "carona" (chance) para devolvernos a la facultad. Molestar y reírme con los chistes de un paisa intentando hablarme costeño. Me encantaría volver a compartir las clases con mis amigos colombianos y brasileños, reírnos de todo, molestar con mi amigo finlandés en clases de economía brasileña sin prestar atención. Volver a nadar en esa piscina olímpica, más que para hacer ejercicio, para distraerme; y broncearme sin quererlo, y ver como se burlaba de mi aquel rubio de ojos azules que me enseñaba a nadar porque me decía que era muy acelerada por mi miedo al agua. O correr en aquella pista atlética en dónde siempre me acompañaba un búho en el mismo lugar, en la misma milla, en la misma parte de la pista. Y luego caminar el camino de siempre lleno de piedras portuguesas y rodeado de tantos árboles hacia mi parada de bus o hacía mi salón de clase, tarareando las canciones que escuchaba y que ahora tanto me recuerdan a mis días en el "Brasil do meu amor".


Me encantaría volver a ir a esas fiestas que sólo Brasil, Ribeirão Preto, y la USP saben ofrecer con el incesante y escandaloso Funk [fonki] y el Sartanejo, que para mi nunca fue más que un Vallenato extraño.

Me encantaría retroceder el tiempo y volver atrás unos meses cuando estaba en un mundo diferente al que crecí. Me encantaría volver a mirar y a fotografiar cada rincón con mi memoria. Volver a ver todo una vez más. Sentir el olor de los edificios, de mi casa, el olor de mi universidad, volver a robar café del mismo lugar, pasar por la misma tienda de paletas de siempre antes de ir a hacer mercado a Carrefour y saludar a la misma señora que atendía, quién tantas veces me ayudó a encontrar el camino cuando me perdía por despistada o por tener mala memoria. 
Y entonces retroceder el tiempo en el taxi que me llevaba al aeropuerto mientras mis lágrimas rodaban por mis mejillas, bajarme corriendo y decirle a mi mama, "no me voy, me quedo"y volver a pasearme por el centro de la ciudad y escuchar la música brasileña en las calles. 


Brasilia, DF.
Amaría poder devolverme a ese instante en el que iba conversando de la vida con mi amiga Carol, una brasiliense enamorada de Brasil y su capital, creyente de los astros, independiente, feminista y liberal, justo como un día yo quiero ser. O cuando me embarqué en el carro de un desconocido directo a la ciudad más grande de Latinoamérica sin conocer a nadie allí, y me encantaría volver a ver a Ian con ese letrero con mi nombre en él, esperándome en una estación de metro de la gigante São Paulo. O volver al bus que me llevaba a la isla de Florianópolis y retroceder el tiempo al momento en el que hacía SandBoard. O volar hacia la van que nos dirigía a nueve colombianos, dos suizos, un francés a Rio de Janeiro para los carnavales, y verme de nuevo riéndome sin poder respirar por cada chiste o cada remedo tonto de baile que mis amigos de viaje hacían en el Sambódromo. O retroceder al momento en el que me perdí en Foz do Iguaçu regresando de Misiones, Argentina después de un día perfecto y después de haberme bañado bajo las cataratas de Iguazu, una ciudad totalmente desconocida para mi a las nueve de la noche, en una parada de bus oscura y rodeada sólo de un vasto monte, en dónde sólo se veía una carretera, todo eso sólo para volver a sentir la esperanza y el agradecimiento con Dios cuando un bus me recogió y me dejó en la parada correcta, y aún sin saber hacia dónde dirigirme para encontrar la casa en la que me estaba quedando, ver a Ana, la chica que me recibió en aquella ciudad, esperándome allí, esa esperanza de volver a sentirme tranquila y segura, ese agradecimiento por sentir ángeles cuidándome todo el tiempo. 

La torre de TV de Brasilia totalmente llena de Colombianos.

Y por supuesto me gustaría volver a sentir la emoción del mundial, ver nuevamente como la selección de mi país le ganaba dos a uno a Costa de Marfil en la capital de Brasil, y mejor aún, ver a todo un pueblo vestido de amarillo en la torre central de Brasilia, todos unidos gritando "Colombiaaa" y celebrando esa ilusión, esa victoria. Y caminar por las calles de la que solía ser mi ciudad orgullosa de llevar puesta mi camisa de Colombia, y que todos por la calle me dijeran  "felicitaciones", "3-1" , "woo", el día de nuestro debut en la copa del mundo. 

Volver a compartir un vino con mis amigos más cercanos, volver a reunirnos en cualquier casa para hacer comida casera entre todos de cena o de almuerzo antes de alguna fiesta, hacer un 'pre' con vodka o cerveza de las buenas para ir a las fiestas a seguir bebiendo más vodka, cerveza o cachaça de las peores. Reunirnos los domingos o cualquier día para ir cine, quedarnos en las casas de todos porque era más fácil y divertido quedarse a dormir que devolverse a la casa de cada uno. Tirar en mi casa los seis colchones que habían y acomodarnos como pudiéramos. Ir a la casa de Maria Alejandra y que Mariana, una brasileña que sólo sabía hablar español cantando, me diera dolor de barriga de tanto reírme mientras bailaba y gritaba las coreografías y las canciones de RBD, o mientras me mostraba sus muchos vídeos publicados en Youtube. Remedar a las brasileñas bailando y burlarnos, además intentar bailar samba y fallar en el intento. 


Y por último, lo que definitivamente más me encantaría, lo que más amaría hacer es poder meter en un frasquito a mis personas especiales para abrazarlas cada mañana y no extrañarlas. Y por supuesto, además, amaría poder guardar cada segundo en mi memoria y nunca jamás olvidarme de ningún detalle y volver a Brasil, el país que me enamoró.

No hay comentarios:

Publicar un comentario