sábado, 4 de octubre de 2014

The Castle


Tenía que hacer muchas cosas esa tarde, había salido de la universidad, tomado mi carro y hacer lo que uno llama "vueltas". Pero sin embargo entre tantas cosas que debía hacer, me quedó un tiempo libre inesperado, un tiempo libre que no quería. Dos o tres horas en las que no sabía que hacer. Supuestamente debería ir con mi mejor amiga esa loca tierna que siempre me escucha a aquel lugar que tanto amo. Pero yo no quería ver a nadie, quería ser egoísta, quería estar a solas conmigo. Me sentía estresada, amargada, triste, no sabía que tenía. Yo debía relajarme y perderme entre mis pensamientos, debía cerrar los ojos y no escuchar ninguna voz. Sólo la del mar.




Entonces tomé dirección hacia ese castillo pequeño, amarillo que tiene la virtud de tener una vista perfecta. Manejé por media hora. Solamente quería quitarme los zapatos, tocar la arena y la grama con mis pies y tirarme en ella para luego mirar al cielo y esperar el atardecer.

Nunca había ido sola, muchas veces quise hacerlo pero nunca tuve la valentía. Es que la soledad es algo a lo que todos le temen, pero la soledad también cura y libera. La soledad no significa estar sin nadie, significa estar sólo con uno mismo. Se necesita estar solo para saber estar acompañado.

- Señorita hacia dónde se dirige?- me preguntó el vigilante. Acaso no era obvio que estaba entrando al Castillo de Salgar? Señor, acaso hay otro lugar al cual ir después de pasar esta entrada?, pensé.

- Al castillo, sólo quiero verlo - le respondí intentando ser amable

- Está cerrado, los restaurantes también. De dónde vienes? No lo conoces? - me indagó, quizás para dejarme entrar, quizás porque mi acento que suena mezclado y extraño cuando hablo educado le confundió, quizás porque se preguntaba porque habría de ir a ese lugar sola.

- No, no lo conozco, déjame entrar por fa - le dije mintiéndole. Ya perdí la cuenta de cuántas veces he ido.

En un gesto amable y con una sonrisa me dejó pasar.

- Trata de no demorarte mucho, máximo hasta las siete. - me advirtió. Yo asentí y le dije que no se preocupara, agradeciéndole al final.




Parqué el carro, me dirigí hacia lo más cercano que pude encontrar a la vista, lo más cercano al borde de esa colina en la que se encuentra el Castillo más representativo de mi ciudad. Lo más cercano al mar. Me quité los zapatos, me senté y respiré profundo mirando tan perfecta vista. Miré hacia los lados. Podía ver las casas desde lejos, podía ver un barco en el fondo, las olas chocando con las rocas yendo y viniendo, las aves intentando pescar, los bichos caminando en la grama, las pocas personas que habían, un grupo familiar y de amigos, una o dos parejas que al parecer también estaban disfrutando de esa tarde.



Pensaba en mi vida, en lo que era, en lo que había hecho y en lo que no, de lo que alguna vez me arrepentí y de lo que hoy me reía. Mis sueños, mis metas, mis anhelos y esperanzas.

Pensé en mi familia, en los que se quedaron y en los que se fueron, en mis amores, mis ilusiones, mis decepciones y frustraciones. Pensé en todo y entonces decidí no pensar en nada más.
Cerré mis ojos, crucé mis piernas, coloqué mis manos sobre las rodillas y me concentré en el sonido del mar, de las aves, de las olas y del viento. Me concentré en mi respiración y entonces pude sentirme tan liviana y tan tranquila que me resultaba increíble tanta paz.
Y lo hice, sin pena me tiré en la grama, miré al cielo, vi las aves pasar, busqué figuras en las nubes y me relajé. Mas tarde cuando percibí mi espalda incómoda me levanté y me sorprendió el atardecer. Mi parte preferida del día. Lo vi de comienzo a fin. Sin aburrirme. Tomé fotos como siempre, para coleccionarlas o que sé yo, para admirarlas.




Me sentí plena. Sentí que necesitaba aquello, sentí que había hecho una terapia para mi misma.
Oscureció, me dirigí hacia el carro y cuando salía, un vigilante intercedió por ese que me había dado entrada.
- Amiga hola cómo estás, lo que pasa es que a mi compañero aquí se le varó la moto, se le espichó entonces para que le hagas el favorcito de dejarlo ahí mismito en la vía, es de confianza señorita, trabajador de aquí.

- Si claro - respondí y sonreí.

El primer vigilante subió al carro.

- Hola amiga, tu fuiste la de ahorita verdá? - me preguntó en una voz amigable.

- Si si, gracias por dejarme entrar.

- No, tranquilaa. Y viniste sola?

- Si, la verdad es que te mentí, ya conocía el castillo, de hecho vengo mucho aquí. Me gusta el lugar y quería venir a relajarme y a respirar.

- Ah no no, tranquila, pero chevere amiga, ese lugar es muy bonito...

Y en la continuación de la conversación, y en ese mi arrebato nada común, me gané un "amigo" que ahora me deja pasar cada vez que necesito hacer esto a lo que ahora llamo mi terapia personal.

Una de las cosas que más disfruto hacer, uno de mis lugares preferidos en el mundo.







No hay comentarios:

Publicar un comentario