Recuerdo su mirada de encanto sobre mí mientras sonreía, podía notar como detallaba cada uno de mis rasgos faciales, podía sentir sus ojos sobre mi mientras me distraía, podía percibir que le gustaba mi sonrisa, que a su lado, era producto de sus chistes, de su sarcasmo o de sus comentarios graciosos, y de esas mismas miradas intimidantes que me daba. Y si, me encantaban, debo confesar que lo disfrutaba, así que sólo podía seguir mirándolo a los ojos y sonriendo, detallando los colores rubios y rojos de su barba, intentado ver entre las betas verdes y algo azules de sus ojos y de seguir esas líneas con los míos, mientras seguíamos envolviéndonos en un ambiente de coqueteo que parecía nunca acabar.
Recuerdo haber estado yendo en su dirección mientras subía las escaleras eléctricas, él observándome desde arriba sonriéndome, y era como si su rostro estuviera iluminado y sus ojos brillando, y no me perdía de vista. Entonces me empiné, un saludo, un abrazo y una pregunta tan simple como, "ya cenaste?" en un inglés exótico y extraño; siempre interesado y protector, paciente sólo como él, y sin dudarlo, el hombre más caballeroso que he conocido en mi vida. Y me prestaba su abrigo y sus guantes y me abrazaba dándome calor, y me contaba sus historias, y aunque aún yo no tenía muchas, notaba que le gustaba oír las mías o las locuras que le contaba muerta de la risa. Y yo, yo adoraba su mezcla desorbitante entre lo tierno y lo serio, inteligente y sabio, y lo mejor, no hacía el mínimo esfuerzo para demostrarlo, le salía natural, al igual que sus locuras. Supo encantarme. Y en un intento de bailar música latina, pidiéndome que le enseñara e intentando remedarme o seguirme el paso, no se esforzaba en esconder que quería acercarse a mi. Y una promesa de visitar mi país y de recibirme en el suyo. Algo raro, nada esperado, algo lindo.
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