Y los dos nos miramos fijamente a los ojos
como sí quisiéramos llegar al alma del otro,
y conversamos, y las sonrisas se nos escampan de los labios
como sí hablarán por nosotros,
como sí tuvieran vida propia, como sí danzarán a nuestro alrededor
y tuvieran perfecta sincronía con los rayos del sol
y de las miradas que vamos intercambiando,
y entonces nos arroparán y nos envolvieran en un manto
del que ya no nos es posible escapar,
un manto tibio que nos hace sentir a gusto, que no queremos dejar.
Sonrisas de tontos, de gracia, de química, cariño y manía al sonreírnos
cada vez que nos vemos o nos encontramos, cada vez que nos miramos y hablamos.
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