domingo, 16 de marzo de 2014

Brasil.

Perdiéndome en un blues, en una poesía hecha Jazz, queriendo ir más allá de los árboles que mis ojos ven, de los tallos grandes que protegen a un bosque entero, del olor a naturaleza y la paz que percibo, pierdo la noción del tiempo adorando el cielo, el atardecer o el amanecer que puedo ver desde mi ventana, de los que sólo puedo apreciar los colores que pintan, pero no el sol que los edificios y construcciones ocultan y roban de mi vista.

Camino un poco apresurada queriendo no llegar tarde a mi destino casi todos los días. Un saludo, una sonrisa por cada persona que me encuentro en el camino, unas recibidas, otras a cambio de miradas raras. Incomodidades a las que no estoy acostumbrada, calor de la gente y de esta ciudad que me ha recibido alegre, y los brasileños los más acogedores que he conocido.
Luego la música se vuelve a convertir en mi refugio y puedo sentir la brisa acariciándome, puedo sentir mi corazón extrañando mi hogar, puedo escuchar a mi cerebro pidiéndome nuevas experiencias, nuevas aventuras y retos lejos de casa y aún más lejos de esta nueva; haciendo un doble esfuerzo para escuchar y tratar de asimilar cada palabra desconocida para mi, y las frases que estas personas alegres y bulliciosas pronuncian tan rápido y tan entusiastamente.

Tomé camino hacia una nueva ciudad, una aventura nueva, algo que nunca jamás experimenté pero algo que tampoco resulta extraño para mi.
De repente, puedo ver desde arriba de una montaña inmensa una ciudad entera, montañas e islas que la rodean, un mar al que es imposible verle su fin, un hermoso y gigante Cristo muy famoso sobre mi cabeza que protege esta tierra tan hermosa y de la que me he enamorado, tierra a la que volvería muchas y mil veces más.
Caminé por los peores lugares de la ciudad en dónde la pobreza es inocultable y también por lugares en dónde el dinero parece no faltar. Conocí a muchas personas, hablé con otras más y mi corazón se llenó de alegría al no creer que uno de mis sueños se estaba haciendo realidad, me llené de historias, de anécdotas que terminaron siendo mías.
Brasil me permitió vivir un carnaval diferente al de mi ciudad, un desfile que parecía interminable lleno de colores y sobre todo de mucha samba. Carrozas impresionantes y maravillosas que jamás imaginé ver en persona, un despilfarro de alegría, de alcohol, de risas y emociones impresionantes. La gente amable, brasileños que nos reciben a los extranjeros con los brazos abiertos, dándonos comida y pidiéndonos fotos, un calor humano incomparable. Una ciudad rica de cultura y de locura. Este, uno de los que serían mis viajes en este hermoso país, que simplemente me dan ganas de abrazar y de seguir contemplando. Un país del que no provoca irse y al que provocará querer siempre volver.

2 comentarios:

  1. amiga es muy bueno leerte, me alegra ver lo feliz que estas, se refleja en cada palabra que escribes.. :)

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